Córdoba musulmana
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En plena canÃcula del año 711, Córdoba fue conquistada por los generales del invasor árabe Tariq. Lo cierto es que, más que de una conquista, se trató de una entrega voluntaria, sellada mediante un pacto que respetó la vida de los habitantes, excepto la de cuatro cientos caballeros que se hicieron fuertes en la antigua iglesia de Santa Victoria, situada extramuros y sufrieron un dramático destino. Desde el primer momento, los invasores instalaron la sede de su gobierno en el alcázar visigodo, situado en las cercanÃas del actual Alcázar de los Reyes Cristianos, y designaron un wali o gobernador.
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A los cinco años de la conquista, los árabes distinguieron a Córdoba con la capitalidad de las tierras de AlAndalus, que hasta entonces habÃa ostentado Sevilla, y era gobernada por un emir al que el califa de Damasco le otorgó la independencia. Se reconstruyó el puente romano, se restauraron las murallas y en la margen izquierda del Guadalquivir se fundó el arrabal, denominado Secunda, hoy Campo de la Verdad.
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En menos de cincuenta años Córdoba se convirtió en la ciudad predilecta de los invasores, y en ella se fundó una primitiva mezquitaaljama cuando los omeyas y los abasidas se separaron definitivamente, tras una pugna sangrienta. En el año 756, el prÃncipe omeya Abderramán derrotó, en las puertas de Córdoba, al emir abasida y se alzó, convertido ya en Abderramán I, como la única autoridad de AndalucÃa. Aunque construyó a tres kilómetros del centro urbano, en las faldas de la sierra, la residencia de Arruzafa e impulsó al establecimiento de la mezquita en el año 786, siempre fue un extranjero no integrado en la población, de la que gustaba vivir distante.
Sus sucesores propiciaron el desarrollo de la cultura y en Córdoba se asentaron mÃsticos, maestros orientales, matemáticos, médicos, filósofos, poetas. Se acabarÃa de construir la mezquita que fue ampliada por el soberano Abderramán II.
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Poco a poco, la civilización árabe se iba consolidando; se fueron construyendo numerosos baños, mezquitas, fábricas de tapices y distintas obras hidráulicas. La arabización fue asumida sin problemas por muchas familias de los antiguos visigodos los muladÃes , pero tuvo que vencer la oposición de los cristianos que vivÃan bajo dominio árabe los mozárabes. Estos fueron aplastados de forma expeditiva, y algunos, como San Eulogio o San Pelayo, murieron martirizados.
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La máxima grandeza de la Córdoba musulmana fue conseguida por Abderramán III. Tomó el tÃtulo de Califa en el año 929 e hizo de Córdoba un califato independiente de Damasco y la ciudad más floreciente, culta y poblada de Europa. Volvió a ampliar la mezquita, y la dotó de un patio con pórticos. A ocho kilómetros de la capital, edificó el suntuoso palacio de Medina Azahara, en honor de una de sus favoritas, y para albergue de su corte. Su lujo oriental fuentes de mercurio, celosÃas de alabastro y elegancia fueron el asombro de sus visitantes. Se cuenta que llegó a sembrar con almendros todo el espacio que separaba Medina Azahara de la ciudad de Córdoba para, de esa manera, recordar anualmente el efecto estético de una nevada que, según la leyenda habÃa caÃdo sobre la ciudad. Su hijo Alhakem II remató las obras palaciegas, volvió a ampliar la mezquita y consiguió reunir una biblioteca de cuatrocientos mil volúmenes, la más importante del mundo. Según fuentes árabes, durante su califato, la ciudad alcanzó el millón de habitantes, y llegó a tener mil seiscientas mezquitas, trescientas mil viviendas, ochenta mil tiendas e innumerables baños públicos.
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Ese esplendor empezó a declinar durante el reinado de su sucesor, quien dejó el gobierno en manos del caudillo Almanzor, el cual efectuó la última ampliación de la Mezquita, de decoración menos suntuosa. No pudo evitar que el Califato comenzara a desmembrarse, dejando de existir en el año 1013, debido a las guerras civiles, que acabaron con el poder central y fomentaron por toda AndalucÃa la formación de los reinos de taifas. Los beréberes, ayudados por el rey Sancho de Castilla, se apoderaron de Medina Azahara, sÃmbolo del esplendor califal, en el año 1010; la incendiaron, la saquearon, y casi la redujeron al estado de destrucción en que se encuentra en la época actual (según atestiguan las ruinas que hoy se excavan y estudian). En la construcción de muchos edificios de la Córdoba posterior se utilizaron sillares procedentes de este palacio. Incluso las dovelas de la Giralda sevillana estuvieron antes en esta mansión cordobesa que igualaba en fantasÃa creativa a los palacios de las mil y unas noches.
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Durante los siglos XI y XII, Córdoba fue una taifa más. Cayó en poder de Sevilla en la época del rey poeta Motamid, y desde entonces arrastró una decadencia irremediable, hasta que su último reyezuelo, Ibn Hud, perdió la ciudad a manos de Fernando III el Santo.
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SerÃa inacabable la relación de sabios y artistas que se dieron cita en la Córdoba califal; por eso, en este bosquejo histórico, sólo cabe hacer referencia, dada la transcendencia que posteriormente tuvieron en la cultura occidental sobre todo durante el Renacimiento, al poeta Ibn Hazam (994-1064), al filósofo Averroes (1126-1198) y al médico pensador judÃo Maimónides (1135-1204).






