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Miércoles, 16 de Mayo de 2012

Córdoba romana

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Córdoba romana

Por su posición en un lugar de gran valor estratégico, 'Corduba', sirvió de emplazamiento, primero provisional y después definitivo, a tropas romanas. Desde entonces 152 a.C. Córdoba se convierte en una colonia latina que perduró, gozando de tal estado, hasta fines de la República. Estrabón nos da noticia de que esta primitiva Córdoba, situada al noreste del abandonado emplazamiento original, tuvo una población compuesta por romanos selectos e indígenas escogidos, términos vagos en los que, posiblemente, deba de buscarse el carácter de ciudad doble dípolis que tuvo la Córdoba de ese período , compuesta por dos 'vici' o distritos perfectamente diferenciados uno situado en torno al foro donde está hoy la planta del templo y otro, cercano al núcleo original. Enseguida se afirmó la utilidad administrativa de la ciudad recién creada, que facilitaba la seguridad y el avituallamiento de las legiones romanas, por lo que pasó a ser considerada como capital oficiosa de la Hispania Ulterior.

Pero será a partir de las guerras civiles entre César y Pompeyo, cuando Córdoba entra plenamente en el devenir histórico. Al principio, la ciudad permaneció indecisa entre la facción de uno u otro general, aunque abundasen los partidarios de Pompeyo, porque la ciudad fue cuartel general de sus tropas y principal tribunal de justicia de la provincia. Tras la victoria de César, sufriría una grave destrucción y una merma demográfica considerable; sin embargo, no perdió sus privilegios anteriores, pues el gobernador trató con gran deferencia a sus pobladores, y mantuvo buenas relaciones con los círculos aristocráticos de Córdoba, entre ellos la familia Annaeus a la que pertenecieron los dos Sénecas, el retórico y el filósofo y el poeta Lucano.

Séneca es la figura más importante de la Córdoba hispanorromana, y aunque fue llevado siendo muy niño a la capital del imperio, en donde llegó a ser preceptor de Nerón, su relevancia fue tal que, todavía hoy, los actuales cordobeses presumen de reconocer como propias algunas de las virtudes de aquel acaudalado patricio y profundo filósofo estoico.

Una vez concluida la guerra civil, Córdoba recibió el estatuto de colonia, con lo que se convirtió en la capital de la recién creada provincia Bética, tras las reformas administrativas emprendidas por Augusto.

Durante los tres primeros siglos del Imperio romano, la ciudad experimentó un gran impulso, debido al status derivado de la capitalidad. Autóctonos y romanos se mezclaban al casarse; la curia municipal, con cien decuriones, era la más floreciente de Andalucía; existían escuelas de gran nivel; y algunos cordobeses lograron acceder al rango de senadores en Roma. En aquella época, Córdoba era el centro del que partían los correos oficiales hacia las urbes y la sede de los archivos administrativos, en ella se guardaban las listas de los censos provinciales; el comercio de aceite, minerales y productos agrícolas adquirió una gran pujanza y a ello contribuyó también la construcción de la Vía Augusta, que pasaba por el puente romano del Guadalquivir, que todavía se conserva, y unía Linares con Cádiz y la Bética con los restantes asentamientos hispanos.

Córdoba fue amurallada como demuestran los vestigios arqueológicos y a las faldas de su sierra fueron construidas numerosas villas de recreo.

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